El experimento que convirtió una banca en  un servicio de salud mental 

En Zimbabue, la dificultad para pagar un viaje al hospital condujo a un psiquiatra a  replantear dónde podía comenzar la atención. Una red de trabajadoras comunitarias puso  a prueba una respuesta. Los resultados abrieron preguntas sobre ciencia, cuidado y vida  cotidiana. 

SALUD Y CREATIVIDAD · Historias que cambian preguntas · Número 00 

Laboratorio Transdisciplinario de Promoción de Salud Ecológica · Versión 0.4 para  revisión editorial · 9 de octubre de 2026 

Un viaje que no pudo hacerse 

En 2005, Dixon Chibanda recibió una noticia que alteró su forma de ejercer la  psiquiatría. Una paciente suya había muerto por suicidio. En una entrevista posterior  con la Organización Mundial de la Salud, el médico recordó que la joven tenía  programada una consulta de seguimiento, pero su familia no había podido costear el  transporte al hospital. 

La atención existía. El profesional estaba esperando. Sin embargo, una distancia que  parecía un asunto externo a la medicina había intervenido en la posibilidad de recibir  ayuda. 

Chibanda ejercía en Harare, capital de Zimbabue, en un sistema sanitario con muy  pocos especialistas en salud mental. Su experiencia personal coincidía con una  dificultad estructural: no bastaba con contar con profesionales si las personas no podían llegar a ellos. En su relato, aquel episodio lo llevó a preguntarse cómo trasladar parte de  la atención desde los establecimientos especializados hacia las comunidades [1]. 

Un obstáculo cotidiano —el dinero para el transporte— se había convertido en una  pregunta de salud pública: ¿quién debe desplazarse para que la atención ocurra? 

La propuesta parecía sencilla. El trabajo que la sostenía, no. 

La respuesta no comenzó con un gran edificio ni con una tecnología sofisticada. En los  centros de atención primaria de Harare se instaló un dispositivo visible y reconocible:  una banca donde las personas podían conversar con trabajadoras comunitarias. El  programa fue conocido como Friendship Bench, o Banca de la Amistad. 

Muchas de aquellas trabajadoras eran mujeres mayores, conocidas como grandmothers —abuelas—, arraigadas en sus comunidades. Pero sería un error imaginar que la 

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intervención consistía únicamente en escuchar con buena voluntad. El equipo  desarrolló una forma culturalmente adaptada de terapia breve de resolución de  problemas, con capacitación, supervisión y protocolos de derivación cuando las  necesidades excedían la atención disponible en ese espacio. 

¿Qué ocurría realmente cuando alguien se sentaba? En el primer encuentro, la  trabajadora escuchaba el relato y ayudaba a distinguir los problemas que preocupaban  a la persona. Podían aparecer dificultades económicas, conflictos familiares o  situaciones para las que no había una respuesta sencilla. La conversación no intentaba  resolverlo todo: permitía elegir un problema concreto, explorar alternativas y acordar  una acción viable. En los encuentros posteriores revisaban qué se había intentado, qué  obstáculos habían aparecido y qué convenía modificar. El ensayo evaluó seis sesiones  individuales de terapia de resolución de problemas, con procedimientos para dar  seguimiento o derivar a quienes necesitaran atención especializada [2, 3]. 

La adaptación recurrió a expresiones de la lengua shona. El programa llamaba kuvhura  pfungwa —«abrir la mente»— a una fase de exploración y reconocimiento de problemas; también utilizaba kusimudzira y kusimbisa para describir momentos de aliento y  fortalecimiento. Otro término importante en ese contexto era kufungisisa, asociado a  «pensar demasiado» y empleado localmente para nombrar experiencias de sufrimiento  psicológico. Estos términos no eran una decoración exótica: permitían que la  intervención dialogara con modos concretos de experimentar, narrar y comprender el  padecimiento [2, 3]. 

Esta traducción cultural no era un detalle decorativo. Lo que una persona reconoce  como problema, la manera en que lo cuenta y el modo en que pide ayuda dependen  también de su lenguaje, sus relaciones y sus circunstancias. Una intervención puede  

tener fundamentos clínicos y necesitar, al mismo tiempo, ser inteligible para quienes  participan en ella. 

El banco era una parte visible de la historia. Detrás había una organización bastante  menos visible: personal formado, profesionales que supervisaban, centros de salud,  investigación y vínculos comunitarios. 

¿Era posible demostrar que funcionaba? 

Una iniciativa puede parecer sensata y, sin embargo, no producir los resultados  esperados. Por eso, el equipo de Chibanda y sus colaboradores decidió evaluarla  rigurosamente. 

Entre septiembre de 2014 y mayo de 2015 realizaron en Harare un ensayo clínico  aleatorizado por centros de salud. Participaron 573 personas adultas que habían  obtenido resultados positivos en un cuestionario de malestar psicológico validado 

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localmente. Veinticuatro clínicas fueron asignadas a la intervención o a un grupo de  comparación [3]. 

En los centros participantes del programa, trabajadoras comunitarias capacitadas  ofrecían seis sesiones individuales de resolución de problemas. También existía la  opción de acudir a grupos de apoyo entre pares. En las clínicas de comparación se  ofrecía atención habitual reforzada, con orientación e información sobre problemas  frecuentes de salud mental. 

Seis meses después, los investigadores compararon los resultados. El artículo apareció  en diciembre de 2016 en JAMA, una de las revistas médicas internacionales de  referencia. 

El ensayo había establecido como resultado principal una medición de síntomas de  trastornos mentales comunes mediante un instrumento desarrollado en el contexto  local. También incluyó medidas de síntomas depresivos, ansiedad y limitaciones  funcionales. Esa combinación importaba: no se trataba de decidir si las conversaciones  parecían agradables, sino de examinar resultados que pudieran compararse  sistemáticamente [3]. 

Los números llamaron la atención. Pero no contaban toda la historia. 

En una de las mediciones del estudio, la proporción de participantes que permanecía  por encima del umbral utilizado para síntomas depresivos elevados fue de 13.7 % en  el grupo Friendship Bench, frente a 49.9 % en el grupo de comparación, seis meses  después de la intervención [3]. 

Era una diferencia considerable. Pero requiere leerse con precisión. No es una tasa de  curación, no significa que todas las personas recibieron un diagnóstico de depresión y  no demuestra que cualquier conversación informal sea eficaz. Se trata de la  comparación de dos grupos definidos dentro de un estudio, mediante un instrumento y  un punto de corte concretos. 

Lo relevante es que las intervenciones realizadas por trabajadoras comunitarias  capacitadas y supervisadas se asociaron con mejores resultados que la atención habitual reforzada, en las condiciones evaluadas por ese ensayo. 

La investigación tampoco eliminaba preguntas: ¿qué ocurriría en otras regiones, con  poblaciones diferentes, con distintos recursos de supervisión o en sistemas de salud  organizados de otra manera? Un resultado sólido no deja de tener contexto.  Precisamente por eso puede servir como punto de partida para nuevas investigaciones y no como una receta universal.

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La creatividad apareció en una parte menos visible del programa 

Friendship Bench no se limitaba a las sesiones individuales. Su diseño incorporaba la  posibilidad de que las personas se reunieran en grupos de apoyo. En algunas  experiencias, esos grupos ofrecían actividades de elaboración de objetos artesanales y  exploraban posibilidades de generar ingresos [2, 4]. 

Este detalle amplía la historia. La atención se había acercado a la vida cotidiana, y esa  vida estaba atravesada por relaciones sociales, trabajo, dificultades económicas y  actividades compartidas. 

Sin embargo, sería incorrecto afirmar que las manualidades o la creatividad, por sí  mismas, produjeron los efectos clínicos observados. El ensayo evaluó una intervención  organizada como conjunto. El efecto específico de cada componente requeriría  investigaciones diferentes. 

La pregunta que deja abierta es más interesante que una recomendación de bienestar:  ¿qué ocurre cuando reconocemos que la capacidad de enfrentar problemas  también depende de las relaciones, los recursos y las oportunidades disponibles? 

Hay algo profundamente creativo en la historia de Friendship Bench, aunque no porque  convierta el arte en terapia. La creatividad estuvo también en el diseño de una  institución diferente: aprovechar capacidades comunitarias existentes, construir  procedimientos nuevos y ponerlos a prueba, en lugar de esperar únicamente a que  aumentara el número de especialistas. 

¿Quién tiene autoridad para cuidar? 

La propuesta puede formularse como una discusión sobre la distribución de tareas en  salud. Algunos procedimientos antes concentrados en profesionales especializados  pueden ser realizados, en condiciones apropiadas, por personas de otros perfiles que  reciben formación y supervisión. 

Eso no significa que las profesiones clínicas sean prescindibles. La evaluación, la  atención especializada, la intervención ante crisis y los cuidados complejos requieren  competencias específicas. La experiencia de Harare no autoriza a sustituir servicios  profesionales por voluntariado sin protección, ni a trasladar nuevas responsabilidades  sin condiciones adecuadas de trabajo. 

Obliga, eso sí, a revisar una suposición: que toda forma eficaz de acompañamiento  psicológico sólo puede suceder en un consultorio especializado. 

Es una pregunta científica porque necesita resultados comparables; una pregunta  institucional porque requiere organización; y también una pregunta filosófica porque  toca nuestras ideas sobre conocimiento experto, autonomía, confianza y comunidad.

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El programa se construyó en la intersección de esas preguntas, no en su simple  yuxtaposición. 

Una pregunta para toda la Ciudad de México 

Harare no es la Ciudad de México. Los servicios disponibles, la historia de los territorios, los sistemas de transporte y las condiciones de trabajo no son equivalentes. Sin  embargo, la dificultad de llegar a la atención permite mirar de otra manera la vida de  una gran metrópoli: ¿qué sucede cuando el acceso a un servicio depende también  del tiempo, el dinero, la seguridad y las redes de cuidado? 

La ciudad no se experimenta del mismo modo desde todas partes. Desplazarse desde  Cuautepec, atravesar Iztapalapa, vivir en una zona céntrica o realizar un trayecto entre  alcaldías supone condiciones que no pueden reducirse a la distancia dibujada en un  mapa. Para una persona, asistir a una consulta puede implicar pedir permiso en el  trabajo, pagar varios transportes, encontrar con quién dejar a sus hijos o renunciar a  otras actividades imprescindibles. Éstas son preguntas de investigación territorial, no  afirmaciones de que toda la población viva las mismas dificultades. 

Hay antecedentes científicos mexicanos que ayudan a mirar esas relaciones. En 2023,  Laura McGuinn y colaboradores publicaron en Cities & Health un estudio con 460  mujeres de la Ciudad de México. Examinaron la percepción de distintos factores de  estrés urbano —entre ellos transporte, inseguridad y molestias del entorno— y su  asociación con síntomas depresivos, fatiga y alteraciones del sueño. Después de realizar  ajustes por características sociales e individuales, encontraron asociaciones entre  mayores niveles de estrés urbano percibido y mayores puntuaciones en las tres medidas [5]. 

Ese estudio no demuestra que el transporte cause depresión, ni sus resultados  pueden atribuirse por igual a todas las mujeres o a cada habitante de la metrópoli.  Tampoco evalúa Friendship Bench. Pero desplaza una pregunta habitual de la salud  mental: además de investigar lo que ocurre dentro de una persona, debemos estudiar las condiciones urbanas y las relaciones que acompañan sus experiencias de malestar. 

Una investigación propia en la Ciudad de México tendría que preguntar qué servicios  existen, qué barreras efectivas encuentran distintas poblaciones, qué formas de  acompañamiento ya sostienen comunidades, profesionales y estudiantes, y qué cambios  necesitarían las instituciones para hacer esos apoyos más accesibles. Lo que funcionó en un ensayo de Harare sólo puede inspirar hipótesis; cualquier adaptación exigiría nuevas condiciones de formación, supervisión, evaluación y ética. 

Ése es quizá el aporte más fértil de aquella banca: reconocer que innovar en salud no  consiste solamente en diseñar nuevas respuestas para las personas, sino también en 

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reorganizar las relaciones entre quienes necesitan atención, quienes pueden  ofrecerla y los lugares donde esa atención se vuelve posible. 

La pregunta queda abierta: ¿qué tendría que cambiar para que los cuidados lleguen  a más personas, en vez de esperar siempre a que todas puedan llegar hasta ellos? 

Referencias y atribuciones 

[1] World Health Organization. (2018). Dixon Chibanda: grandmothers help to scale up mental health  care. Entrevista. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC5996204/ 

[2] Chibanda, D., et al. (2015). The Friendship Bench programme: a cluster randomised controlled trial of  a brief psychological intervention for common mental disorders delivered by lay health workers in  Zimbabwe. International Journal of Mental Health Systems.  

https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC4940904

[3] Chibanda, D., Weiss, H. A., Verhey, R., et al. (2016). Effect of a Primary Care–Based Psychological  Intervention on Symptoms of Common Mental Disorders in Zimbabwe: A Randomized Clinical Trial.  JAMA, 316(24), 2618–2626. https://doi.org/10.1001/jama.2016.19102 

[4] Chibanda, D., et al. (2021). The Friendship Bench as a brief psychological intervention with peer  support in rural Zimbabwean women: a mixed methods pilot evaluation. Global Mental Health.  https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC8392686/ 

[5] McGuinn, L. A., et al. (2023). Urban Stress and its Association with Symptoms of Depression, Fatigue,  and Sleep Disruption in Women in Mexico City. Cities & Health, 7(5), 830–838.  

https://doi.org/10.1080/23748834.2023.2218159 

Nota editorial: texto de divulgación elaborado a partir de publicaciones originales y de  una entrevista pública del autor del programa; no incluye entrevistas propias del  Laboratorio. Los datos del ensayo se refieren a su población y mediciones específicas. La ilustración de la portada es conceptual, no una fotografía del programa. Su publicación  requiere aprobación editorial y firma definitiva. 

Créditos institucionales provisionales: Una publicación del Laboratorio  Transdisciplinario de Promoción de Salud Ecológica. Vinculada al proyecto «Células  intersectoriales de salud y creatividad», con apoyo de SECTEI mediante el convenio  respectivo. La autoría editorial corresponde al Laboratorio; el reconocimiento del apoyo no implica aprobación o responsabilidad editorial de la dependencia.

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